Venezuela, aparta de mí este cáliz
Todavía en 1936 tendría lugar una fallida conferencia intermedia en Londres, más centrada en intereses gremiales, que tuvo un colofón de opereta: la recepción de frac en la residencia de su organizadora. Pocas semanas después desaparecerían las excusas para el despiste: la sublevación del general Franco contra la república española y la apertura en Alemania del campo de concentración de Sachsenhausen, situaban el conflicto moral en un punto crítico [2].
Un poeta inglés del siglo XVII, John Donne, había expuesto las razones más profundas:
Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.
Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.
Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia.
Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.
Ernest Hemingway retomaría la idea para defender la causa republicana en la novela que recoge sus vivencias de la llamada guerra civil española. Las alternativas en España eran, sin embargo, más radicales: de un lado el fascismo, es decir, la violencia capitalista más extrema; del otro, el socialismo, la República de trabajadores, con sus contradicciones y gemidos de recién nacida. En España no se luchaba por la sobrevivencia, como se lucharía en lo adelante; allí se luchaba por la vida, porque existía un proyecto alternativo en construcción. Por eso fueron hombres y mujeres de todos los confines a defenderlo. Por eso también, César Vallejo, uno de los grandes poetas hispanoamericanos que participó en el Congreso de 1937 —estuvieron también, entre otros, Nicolás Guillén, Pablo Neruda y Octavio Paz, sí, el mismo Paz que luego repudiaría toda causa popular— le habla simbólicamente a los niños, al futuro, en un extraordinario poema titulado “España, aparta de mí este cáliz”:
Niños,
hijos de los guerreros, entretanto,
bajad la voz, que España está ahora mismo repartiendo
la energía entre el reino animal,
las florecillas, los cometas y los hombres.
(…)
¡Bajad  el aliento, y si
el antebrazo baja,
si las férulas suenan, si es de noche,
si el cielo cabe en dos limbos terrestres,
si hay ruido en el sonido de las puertas,
si tardo,
si no veis a nadie, si os asustan
los lápices sin punta; si la madre
España cae —digo, es un decir—
salid, niños del mundo; id a buscarla!…
Apenas habían transcurrido algo más de tres décadas de culminada la larga y sangrienta contienda por la independencia del yugo español —después de siglos de coloniaje—, pero eso no importó: cerca de mil cubanos acudieron a defender a España, a la Humanidad, como soldados de la República. Algunos, como Pablo de la Torriente Brau, cayeron en combate.

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